"Es una sátira visceral y perturbadora sobre la obsesión por la juventud y la belleza"
La cosificación del cuerpo femenino en el mundo del entretenimiento es un fenómeno histórico arraigado en estructuras de poder patriarcales. Desde los albores de la representación femenina en el arte y el espectáculo, el cuerpo de la mujer ha sido objeto de contemplación, idealización y, en última instancia, objetivación. A medida que la industria del entretenimiento evolucionó, esta tendencia se intensificó, alimentada por la creciente mercantilización de la imagen femenina.
En el siglo XX, la consolidación de Hollywood y la expansión de los medios de comunicación masiva contribuyeron a la difusión de estándares de belleza irreales y a la reducción de la mujer a un mero objeto de deseo. La teoría social de la cosificación, desarrollada por la filósofa Martha Nussbaum, ofrece un marco conceptual para comprender este proceso. Nussbaum identifica siete características de la cosificación: instrumentalidad, negación de autonomía, inercia, fungibilidad, violabilidad, propiedad y negación de subjetividad. Estas características se manifiestan en la forma en que se representa a las mujeres en el cine, la televisión y la publicidad, donde sus cuerpos son fragmentados, fetichizados y desprovistos de agencia.
“La sustancia” (The Substance) filme multipremiado en la temporada 2024-2025, se sumerge en las profundidades de esta problemática, presentando una sátira visceral y perturbadora sobre la obsesión por la juventud y la belleza en la industria del fitness. Elisabeth Sparkle, una estrella de fitness en decadencia, recurre a una sustancia experimental que le permite crear una versión más joven de sí misma, Sue. Sin embargo, el experimento se descontrola, desencadenando una pesadilla grotesca que expone las consecuencias extremas de la cosificación. La película utiliza el terror corporal y la sátira para criticar la cultura del espectáculo y la presión que se ejerce sobre las mujeres para cumplir con los estándares de belleza irreales.
Entonces la cinta, se erige como un perturbador y visceral comentario sobre la cosificación del cuerpo femenino en la industria del entretenimiento. A través de una lente posestructuralista, la película deconstruye las nociones de belleza, juventud y poder, exponiendo las crudas realidades que subyacen a la imagen idealizada de la mujer en el mundo del espectáculo.
La filmografía y la fotografía crean una atmósfera opresiva y claustrofóbica, intensificando la sensación de irrealidad y pesadilla. Las actuaciones de Demi Moore y Margaret Qualley son valientes y viscerales, transmitiendo la fragilidad y la desesperación de sus personajes.
Desmembrando la historia
El guion (Premio a “Mejor Guion” en Cannes y Critics Choice Awards), audaz y provocador, a cargo de la también directora Coralie Fargeat (Venganza Siniestra, Reality +, Beyond blond), desafía las narrativas convencionales al presentar una dualidad de su protagonista Elisabeth Sparkle (Demi Moore), explorando la fragmentación de la identidad femenina y la lucha por mantener la relevancia en una industria que glorifica la juventud y la perfección.
En otras palabras, La sustancia se desmarca de las estructuras narrativas convencionales, optando por una narrativa fragmentada y visceral que refleja la dislocación del cuerpo femenino en la sociedad contemporánea. La historia se despliega a través de una serie de viñetas grotescas y perturbadoras que desafían la linealidad temporal y espacial.
Entonces observamos un diseño de personajes, en particular la dualidad entre Elisabeth y Sue, lo que permite explorar la fragmentación de la identidad femenina y la lucha por mantener la relevancia en una industria que glorifica la juventud y la perfección. La película subvierte los arquetipos femeninos tradicionales, presentando a mujeres complejas y contradictorias, atrapadas en un ciclo de autodestrucción y violencia.
Ahora bien, la importancia social de la historia radica en su capacidad para exponer las crudas realidades que subyacen a la imagen idealizada de la mujer en el mundo del espectáculo. El enfoque femenino de la directora, Coralie Fargeat, permite una mirada íntima y fuerte a la experiencia femenina, desafiando las representaciones patriarcales dominantes.
Igualmente, el arco dramático se construye sobre la base de la tensión constante entre la búsqueda de la perfección y la inevitable decadencia del cuerpo. Las tramas y antitramas se entrelazan para crear una narrativa laberíntica que refleja la complejidad de la experiencia femenina. La película desafía las arquitramas convencionales, optando por una estructura narrativa más experimental y fragmentada.
Aunque la estructura de tres actos de Syd Field no es inmediatamente evidente, se pueden identificar elementos de la misma en la progresión de la historia. El primer acto establece el conflicto central, el segundo acto desarrolla la tensión y el tercer acto ofrece una resolución grotesca y perturbadora.
En última instancia, esta es una obra provocadora y desafiante obra que invita a la reflexión sobre la violencia simbólica y física que se ejerce sobre los cuerpos femeninos en la era del espectáculo.
Una autopsia visual de la cosificación
La filmografía de Coralie en este filme es un ejercicio de audacia visual que no rehúye la incomodidad. Desde el inicio, la directora establece un tono perturbador con primeros planos que detallan la transformación grotesca del cuerpo, como la escena donde Elisabeth se inyecta la sustancia por primera vez, mostrando la aguja que penetra la piel con un realismo vehemente. La puesta en escena se vuelve un campo de batalla donde la carne y la tecnología colisionan, evidenciado en las secuencias donde los “dobles” de Elisabeth y Sue interactúan, creando una coreografía de cuerpos fragmentados y recombinados.
La fotografía de Benjamin Kracun (Secretos Oscuros, De vuelta al pasado, Beast, entre otras) complementa esta visión con una paleta de colores saturados que intensifican la irrealidad de la situación. Los tonos neón y los contrastes marcados, como en la escena del gimnasio donde Sue realiza su rutina, crean una atmósfera de hiperrealidad que roza lo onírico. La iluminación, a menudo dura y directa, resalta la textura de la piel y los efectos especiales, como en las secuencias de transformación, donde la carne se estira y se moldea bajo una luz quirúrgica. Un ejemplo de esto es la escena del baño, donde Elisabeth observa su cuerpo transformarse en el reflejo, con una luz que acentúa cada detalle de la metamorfosis.
La cámara se mueve con fluidez, alternando entre planos estáticos que observan la decadencia del cuerpo y movimientos vertiginosos que acompañan la violencia de las transformaciones. La escena de la confrontación final entre Elisabeth y Sue es un ejemplo de esto, con una cámara que se mueve erráticamente, reflejando la confusión y el horror de la situación. La combinación de estos elementos crea una experiencia cinematográfica que desafía al espectador, obligándolo a confrontar la violencia y la fragilidad del cuerpo humano en la era del espectáculo.
Cuando la actuación se convierte en metamorfosis
La sustancia se nutre de referencias a la cultura pop, desde el cine de terror corporal de David Cronenberg hasta la iconografía del fitness en los años 80. La película también evoca el mito de Dorian Gray, invirtiendo los roles de género y presentando a una mujer que sacrifica su alma en busca de la eterna juventud.
La película establece una clara relación con la teoría social de la cosificación de la mujer, que sostiene que el cuerpo femenino es reducido a un objeto de consumo y placer visual. Pero aquí las actuaciones llevan esta idea al extremo, mostrando cómo la industria del espectáculo despoja a las mujeres de su humanidad, convirtiéndolas en meros productos desechables.
De esta manera las actuaciones son un elemento crucial para transmitir la perturbadora visión de Coralie. Demi Moore (Ganadora de “Mejor actriz” por esta interpretación en los Globos de Oro, Critic Choice, SAG, entre otros) en el papel de Elisabeth, ofrece una interpretación valiente e intensa, exponiendo la fragilidad y la desesperación de una mujer atrapada en la obsesión por la juventud. Su transformación física y emocional es palpable, transmitiendo el dolor y la angustia de la decadencia.
Margaret Qualley (Pobres Criaturas, Tipos de gentileza, Las cosas por limpiar, entre otras), como Sue, ofrece una interpretación igualmente impactante, encarnando la dualidad de la juventud y la inocencia corrompida. Su presencia en pantalla es magnética, transmitiendo la vulnerabilidad y la fuerza de un personaje que se debate entre la libertad y la opresión. La química entre Moore y Qualley es perceptible desde el inicio, creando una dinámica tensa y perturbadora que impulsa la narrativa.
Las actuaciones secundarias también contribuyen a la atmósfera opresiva de la película, creando un elenco de personajes complejos y contradictorios. La naturalidad con la que se desenvuelven las escenas, en especial las de fuerte carga emocional, es de resaltar. El valor de la película recae en gran parte en la entrega de sus actores principales.
Eco de la transformación
La banda sonora de La sustancia, compuesta por Benjamin Stefanski (Compositor, productor y Dj británico), más conocido como Raffertie (ha destacado por su trabajo para las series The Continental: Del universo de John Wick 2023 y "Strangers" 2018, así como los largometrajes "Zona 414" 2021 y "One Way" 2022), se convierte en un elemento fundamental para construir la atmósfera perturbadora y opresiva de la película. La música, una mezcla de ritmos electrónicos industriales y melodías inquietantes, acompaña a la perfección las imágenes grotescas y las transformaciones corporales, intensificando la sensación de incomodidad y ansiedad.
Los sonidos guturales y los ritmos mecánicos reflejan la deshumanización de los personajes y la violencia infligida a sus cuerpos. Las melodías distorsionadas y los efectos sonoros estridentes crean una cacofonía que evoca la confusión y el horror de la situación. La música se convierte en un eco de la transformación física y psicológica de los personajes, amplificando sus emociones y sus miedos.
La película también utiliza referencias a la música pop de los años 80, creando un contraste irónico entre la imagen idealizada de la belleza y la realidad grotesca de la transformación. La música pop, a menudo asociada con la juventud y la vitalidad, se distorsiona y se corrompe, reflejando la decadencia y la corrupción de los personajes. Un ejemplo notable es el uso de la canción “Pump It Up” que le da un giro interesante a la trama.
En definitiva, la banda sonora de La sustancia es una pieza fundamental para la construcción del universo sonoro de la película, creando una experiencia inmersiva y perturbadora que complementa a la perfección las imágenes y las actuaciones.
En resumen
La cinta es una disección quirúrgica de la cosificación en el mundo del espectáculo. A través de una narrativa fragmentada y grotesca, la película expone la violencia simbólica y física que se ejerce sobre los cuerpos de las mujeres. Con un guion desafía las estructuras narrativas convencionales, presenta personajes complejos y contradictorios.
La sustancia es una obra provocadora y desafiante que invita a la reflexión sobre la violencia de género y la obsesión por la belleza en la cultura contemporánea.
¡Aprovecha esta experiencia cinematográfica única y perturbadora! Que ya se encuentra disponible en algunas plataformas de streaming.
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